Las uvas del tiempo Una sencilla y común imagen de borde

Las uvas del tiempo

Eli Bravo Escrito por: Eli Bravo | Fecha de publicación: 02 de January de 2018

Al mirar por la ventana pudo ver las luces de colores titilando en el balcón de enfrente y sonrió. Desde que era un niño le gustaba esta semana que comenzaba con regalos y terminaba con un montón de abrazos. Además, estaba aquel desfile de sabores que era el recuerdo más rico que tenía de su casa. Aquella casa grande donde se reunía toda la familia, donde corría con los primos, donde sus tíos lanzaban cohetes al cielo y sus tías le pellizcaban las mejillas.

En aquel entonces pensaba que nadie podía tener más arrugas que su abuela. En las noches de fiesta y sentadita en el sofá, se reía entre sorbitos de vermut mientras decía “¡Matriculé otro año!” y su cara se transformaba en una ciruela pasa.

Hace más de 50 años que enterraron a la abuela. Hace unos 20 que la casa se vendió. Hace tiempo que la familia no se abraza bajo el mismo techo. Hace días que se pregunta dónde está la alegría de estos días.

Se apartó de la ventana para caminar hasta el sillón. No iba a cederle espacio a la tristeza. Se acomodó y tomó el álbum de fotos para disfrutar de nuevo las vacaciones en la playa con los muchachos. En aquel entonces ninguno de sus tres hijos le llegaba al pecho. En una de las fotos estaban cubiertos de arena como una milanesa. En su memoria tenía la sensación de sus cabellos, el olor de sus brazos salados, el sonido del mar que los abrigaba. Cerró los ojos y los recuerdos le trajeron una sensación de felicidad donde había una dosis de nostalgia.

El sonido de la puerta lo trajo de vuelta al sillón. Su esposa entró cargada de víveres y él la ayudó guardando las uvas en la nevera. “¡Me alegra tanto que al menos Alejandro haya podido venir!” dijo ella, y al ver el álbum de fotos sobre el sillón le lanzó una mirada cariñosa. Acto seguido le dio un abrazo, diciéndole al oído “Yo sé que estamos en sus corazones”.

Él lo sabía también. Aunque los tres se hubiesen marchado del país para hacer sus vidas, y los dos mayores no hubiesen podido venir esa navidad por asuntos familiares y de presupuesto, saber que todo el amor de aquellos años superaba las distancias era mucho más que un consuelo: era la dicha de saber que una parte cada uno vivía en cada quien. Además, en los ojos de sus nietos había visto una chispa que era suya y ese era un refugio donde atesorar las esperanzas.